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Nuevos paradigmas en las relaciones internacionales, sociales y personales Los desafìos de nuestro tiempo, condicionados por el proceso de transición de la humanidad hacia un nuevo ciclo de su espiral evolutivo, tienen un alcance inédito. No vamos a extendernos ahora acerca de la globalización y sus consecuencias, las amenazas del calentamiento global, de una catástrofe ecológica o nuclear, del terrorismo, aunque todo esto en alguna medida esté relacionado con nuestro tema. La cuestión que, surgiendo de las entrañas de este proceso merece hoy nuestra atención, está referida a las particulares características del actual punto de bifurcación histórico y las posibles vías para su superación; a las premisas que hacen a la resolución de esta, la más profunda crisis que ha vivido la humanidad en toda su historia.
El potencial tecnológico acumulado en nuestro planeta es tal, que no resulta ya admisible seguir provocando conflictos y guerras. Si se continúa por ese camino, de la civilización humana no quedará nada en pie. La comunidad mundial debe tomar conciencia que el expansionismo de unos pueblos o países a costa de otros ha llegado a su límite último. El expansionismo en horizontal ya no funciona. Es necesario comenzar a crecer en vertical: hacia las profundidades oceánicas, hacia el cosmos, por medio de esfuerzos conjuntos. Y utilizando el mismo método – por esfuerzo conjunto y no por competencia – resolver definitivamente los problemas de pobreza, alimentación, enfermedades mortales; garantizar salud y educación a un nivel digno para todos.
El avance en esta nueva dirección implica no solamente nuevos acuerdos internacionales sobre desarme, sino también un radical cambio de mentalidad: de la consabida filosofía de la violencia hacia una nueva cultura de la no violencia; de la concepción del “choque de civilizaciones” hacia la de convergencia de pueblos y culturas; de la sociedad de consumo a una verdadera sociedad humanista que ponga en primer lugar el desarrollo pleno del ser humano (en cuerpo, alma y espíritu); asegurando además que este desarrollo implique no sólo a algunos sectores privilegiados, sino a la sociedad en su conjunto.
Será bueno detenernos en cada uno de estos cambios necesarios. Para comenzar, acerca de la cultura de la no violencia y su metodología, tanto para la resolución de conflictos como para la transformación de la sociedad.
En la historia encontramos numerosos ejemplos de gente que nos muestra el camino de la no violencia.
Mahatma Gandhi y su movimiento de resistencia al colonialismo inglés no solamente dieron la oportunidad a la India de alcanzar su independencia por un camino no violento, sino que demostraron al mundo que la no violencia no es pacifismo, pasividad, sino una posición activa, una metodología efectiva y de alta calidad moral para el logro de objetivos políticos.
Martin Luther King, por su parte, demostró la eficacia de la metodología de la no violencia a nivel social, encabezando el movimiento de americanos negros que luchaban contra la discriminación y la humillación que sufrían en los formalmente “democráticos” Estados Unidos de Norteamérica. Tanto M. Gandhi como Luther King basaron su acción en las ideas de León Tolstoy, quien desarrolló el concepto del cristianismo temprano de “no oponerse al mal con violencia”. Esta enseñanza moral está expresada en el libro de Tolstoy “El reino de Dios está dentro de ti”, que fue reconocido como fuente de inspiración por gente de distintas latitudes durante todo un período histórico.
Continuando este camino, ya en nuestra época, Mario Rodríguez Cobos – Silo, filósofo latinoamericano, fundador de la corriente de pensamiento conocida como Humanismo Universalista, pensador, o, como fuera llamado por los medios canadienses: el “sabio de los Andes”, afirma: “He ahí los grandes enemigos del hombre: el temor a la enfermedad, el temor a la pobreza, el temor a la muerte, el temor a la soledad. Todos estos son sufrimientos propios de tu mente; todos ellos delatan la violencia interna, la violencia que hay en tu mente. Fijate que esa violencia siempre deriva del deseo. Cuanto más violento es un hombre, más groseros son sus deseos... No hay partido ni movimiento en el planeta que pueda acabar con la violencia. Unicamente puedes acabar con la violencia en ti y en los demás y en el mundo que te rodea, por la fe interna y la meditación interna... Lleva la paz en ti y llévala a los demás”.
Ante nosotros, una perspectiva totalmente nueva: los enemigos no están afuera, sino dentro del ser humano; y superarlos en la propia conciencia, por medio de la reconciliación interna, es la tarea vital más importante y, al mismo tiempo, un camino real de transformación del mundo que nos rodea. De este modo, se elimina de raíz la división confrontativa entre “nosotros” y “ellos” que ha condicionado durante tanto tiempo la relación violenta y discriminatoria hacia los “otros”.
Claro que en todas las culturas y épocas, han existido personas y movimientos que han luchado por un mundo más humano con métodos no violentos. Es imprescindible prestar mayor atención, estudiar detenidamente estas experiencias históricas, en busca de medios no habituales y de alta calidad moral que ayuden a superar la actual encrucijada de la civilización. No se puede mirar a la historia como una simple cronología de guerras y conflictos, como un proceso de perfeccionamiento de las tecnologías de la destrucción. Con el fin de asegurar la supervivencia y el desarrollo posterior de la humanidad es imprescindible una nueva visión del mundo, de la historia y, en consecuencia, del futuro. Es de sumo interés el ejemplo histórico de Federico II, emperador romano-germánico del siglo XIII cuya sabia política permitió, no solamente recuperar Jerusalén para el mundo cristiano sin derramar una sola gota de sangre, gracias a un acuerdo conjunto con el sultán árabe Al-Kamil, sino también construir un estado multicultural floreciente. Una experiencia sobre la que sería necesario hoy detenerse a pensar.
Es evidente que en la situación actual el concepto de “multiculturalidad” es de gran significado. Presupone no sólo una actitud de respeto hacia los representantes de otras culturas (lo que no es poco hoy), sino también la creación de espacios para el diálogo, la colaboración y la convergencia de las más diversas culturas; el desarrollo de concepciones y procedimientos que posibiliten esta convergencia, en lugar del todavía vigente comportamiento bestial - indigno para el ser humano del siglo XXI - de agresión y dominación de unos pueblos sobre otros, justificado por la idea del “choque de civilizaciones”.
Creo que es necesario enfatizar y precisar aún más el concepto enunciado. Entendemos por “multiculturalidad” no sólo el respeto hacia el “otro”, la tolerancia, sino también la interacción constructiva, la convergencia de culturas diversas sobre la base del reconocimiento mutuo de sus momentos humanistas; como así también la posibilidad de compartir experiencias espirituales profundas entre gente de diferentes culturas y confesiones, o de convicciones ateístas. Este último punto es de palpitante actualidad para el momento que vivimos, cuando la confrontación entre distintas confesiones religiosas es utilizada por determinados círculos de poder como justificación para el conflicto armado. La fe, la religiosidad, es una fuerza poderosísima que crece desde el interior del ser humano y puede ser direccionada, tanto a la construcción como a la destrucción. De esta opción depende en mucho la superación, por parte de la humanidad del siglo XXI, del punto de bifurcación evolutivo hacia un mundo fundamentalmente nuevo, no violento; o bien, en caso contrario, la liquidación total de la especie humana.
Es este sentido, son de especial interés los ejemplos de Rusia y, en el siglo pasado, la Unión Soviética, capaces de crear un estado multicultural y policonfesional; una experiencia de coexistencia constructiva entre pueblos tan diversos en un territorio común. Precisamente estas experiencias son requeridas en el mundo de hoy para avanzar hacia la nación humana universal que ya comienza a esbozarse.
Y una cuestión más, muy importante para el momento actual, vinculada a la cosmovisión, a la concepción del mundo que pueda servir de base para una sociedad verdaderamente humanista. Apenas el ser humano salió fuera de los límites de la Tierra y, con sus propios ojos, vió esta esfera navegando, esta maravillosa esfera azul flotando en el cosmos, comprendió que su mundo es una unidad, sin fronteras que dividan a los pueblos; comprendió que no está solo en su ciudad, en su país, en su continente, en su planeta. Cuando el ser humano vió este, su frágil mundo surcando el espacio entre millones de estrellas y galaxias, sintió, desde lo profundo de su corazón, un inefable amor por la vida, por la humanidad, por todo lo existente... Precisamente este sentimiento es capaz de inspirar en las personas cambios significativos en su visión del mundo y en su comportamiento, de impulsar profundas transformaciones en dirección a la humanización de la Tierra.
Así entonces: la no violencia, la multiculturalidad, la actitud abierta al diálogo y la reconciliación, la experiencia espiritual compartida; el amor al ser humano, la naturaleza y todo lo existente; una nueva visión del mundo desde la perspectiva del cosmonauta, son pilares del Humanismo Universalista y, al mismo tiempo, son premisas necesarias para el sucesivo desarrollo de la humanidad en su espiral evolutivo.
Hemos hablado de concepciones, de procedimientos y también de espacios que pudieran favorecer el proceso de convergencia de culturas, la elevación espiritual y moral del ser humano. En la construcción de tales espacios trabajan hoy los humanistas en diferentes puntos del planeta. Se trata de los parques multiculturales del Mensaje de Silo. Dos de estos parques ya están en pleno funcionamiento en Latinoamérica: el Parque La Reja, en los alrededores de Buenos Aires, Argentina y el Parque Manantiales en las afueras de Santiago de Chile. Entre ellos, en plena Cordillera de los Andes, junto al pico Aconcagua, a la altura de 2.700 m se encuentra el Parque Punta de Vacas, un parque de significación mundial. A la apertura de este Parque, el 4 de mayo del presente año, llegaron casi 10.000 peregrinos y visitantes de todos los continentes en busca de inspiración para su trabajo en el campo del humanismo y la no violencia. Han comenzado también los trabajos de construcción de parques similares en Caucaia (Brasil), Attigliano (Italia), Toledo (España), California (para América del Norte), Bombay (para Asia) y Alexandría (para Medio Oriente y Africa). Todos estos puntos tienen gran significado histórico como lugares de entrecruzamiento de pueblos, culturas y confesiones.
Para finalizar, algo más en relación con la difusión y realización de las ideas expresadas. Por resolución de Naciones Unidas, en memoria del nacimiento de Mahatma Gandhi, se ha instaurado el 2 de octubre como Día Internacional de la No violencia. Se trata de un acontecimiento importante: en primer lugar, por cuanto implica un reconocimiento de la validez universal de la no violencia; en segundo lugar, porque los eventos que transcurrirán simultáneamente este día en todo el mundo pueden influir muy positivamente en la difusión de las ideas y la metodología de la no violencia aplicadas a las relaciones internacionales, sociales e interpersonales. Será importante la participación en las actividades correspondientes, no solamente de personas y organizaciones de todos los países, sino también de diferentes capas sociales, de organizaciones sociales, gubernamentales y, muy especialmente, la más activa participación por parte de niños y jóvenes, como herederos y constructores del nuevo mundo que está naciendo ante nuestros ojos.
En particular, desde nuestro Centro, proponemos incluir entre las resoluciones de la presente conferencia un punto referido al apoyo a dicho evento.
Hugo Novotny CEHM
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